El director y guionista español Pedro Almodóvar, ganador de dos Óscar, recordó hoy desde su confinamiento que Madrid que en agosto de 1990, durante una cena, Madonna, la diva del pop, “nos trató como pardillos (ignorantes)”. En un artículo publicado hoy en eldiario.es cuenta que en una fiesta que él organizó a la diva del pop asistieron las actrices españolas Loles León, Bibi Andersen y Rossy de Palma. En un momento de la cena Madonna le dijo «pregúntale a Antonio si le gusta pegar a las mujeres». Lee el extracto más jugoso del artículo aquí.
Warren Beatty, Madonna y yo
Pedro Almodovar
Al día siguiente de la ceremonia, por la mañana, me llama al hotel una voz femenina. Me dice, como si no fuera consciente de su impacto, pero segura de que su voz me iba a impactar, «Hola, soy Madonna, estoy rodando Dick Tracy y me encantaría enseñarte el set, hoy no ruedo y puedo dedicarte el día».
Podía tratarse de una falsa Madonna, o una sicópata que pensaba descuartizarme en uno de esos descampados que tan bien describe James Ellroy en sus novelas (si leéis La dalia negra sabréis a lo que me refiero, a su madre la descuartizaron en uno de esos descampados). También podéis ver la película que rodó mi adorado Brian de Palma sobre el libro con Scarlett Johanson y Hilary Swank, pero la verdad es que no le salió muy bien. Para la cuarentena no está mal, pero antes os recomendaría muchas otras, del propio De Palma: Sisters, El fantasma del Paraíso, Atrapado por su pasado, Doble cuerpo –con una Melanie Griffith en la cima de su carrera y delgada como un junco- y sobre todo El precio del poder con Pacino. Pasad de La dalia negra y haceros un ciclo con todas estas películas, me lo agradeceréis. Todas joyas, súper accesibles y súper amenas, al final os haré una lista de recomendaciones. Volviendo a la llamada de Madonna, también podía tratarse de alguien que me estaba gastando una broma, pero mi autoestima, a pesar del no Oscar, estaba lo suficientemente alta como para no dudar de la autenticidad de la llamada. La voz de Madonna me dio la dirección del estudio donde rodaban, y allí me presenté, contento como unas castañuelas.
La verdad es que todo el equipo, desde el propio Warren Beatty hasta Storaro no pudieron estar más amables conmigo. Me trataban como si fuera George Cukor. Beatty me obligó a sentarme en la butaca que ponía su nombre, en el lugar del director, para que viera el rodaje de la secuencia que estaban rodando. Yo estaba a punto de confesarle que de niño descubrí mi sexualidad cuando le vi en Esplendor en la hierba (no existió el albañil de Dolor y Gloria), pero me contuve, claro. Estaban rodando una secuencia en la que Al Pacino irreconocible parloteaba sin parar. Por esa interpretación obtuvo una nominación al Oscar al año siguiente, y la película obtuvo tres estatuillas.
Con Madonna recorrí todos los decorados y conocí a alguien a la que admiraba muchísimo, Milena Canonero, la diseñadora de vestuario que ya entonces había ganado tres Oscars (por Dick Tracy estaría nominada al año siguiente) por Carros de fuego, Barry Lindon y Cotton Club. Recomendables las tres películas para sobrellevar la cuarentena. Mi favorita es Barry Lindon de Kubrick. Milena Canonero ganaría todavía un cuarto Oscar, no recuerdo ahora por qué película. Visitar el taller donde Canonero trabajaba fue probablemente lo que más me impresionó de la visita, hubiera sido la única razón por la que me hubiera gustado trabajar en Hollywood: la obsesión por los detalles.
Una de las características de Dick Tracy, el personaje del cómic, es su sombrero amarillo. Milena estaba obsesionada por conseguir ese amarillo que uno veía en el dibujo del cómic. Me mostró unos doscientos sombreros en los que la única diferencia era un sutil cambio del color. Me identifiqué totalmente con esa obsesión detallista. En mi medida yo hago lo mismo cuando ruedo, no sé trabajar de otro modo (pero sí sé trabajar con mucho menos dinero).
Si Madonna te llama y se vuelca como lo hizo al día siguiente de no haber ganado un Oscar, eso significa que la material girl siente un enorme interés por tu persona. No tardamos en volver a vernos al año siguiente en ocasión de su Blonde Ambition Tour.
Salí con ella los días que pasó en Madrid, le organicé una gran fiesta flamenca con La Polaca, y su marido, El Polaco, en el hotel Palace, vinieron Loles, Bibi, Rossy, pero ella ya me había dejado claro que además de mí mismo solo había un invitado al que le interesaba conocer, Antonio Banderas. Le prometí que allí estaría Antonio, y no le dije que no podría llevarlo sin su esposa del momento, Ana Leza, fan fatal de la cantante.
Ella, Madonna, decidió cómo debíamos sentarnos (había varias mesas redondas para mis amigos y sus bailarines). Naturalmente, ella se sentó en la mesa principal, conmigo a su derecha y Antonio a su izquierda. Y a Ana Leza la mandó a la mesa más apartada de aquel gran salón.

Además de a nosotros dos, y un poco a La Polaca que estuvo divina, Madonna no le prestó atención a nadie más. Un miembro de su equipo llevaba una cámara buenísima para grabarlo todo, «por tener un recuerdo» me dijo Madonna. A mí me extrañó que junto al cámara hubiera otro chico que tomaba la claqueta, una claqueta electrónica que yo era la primera vez que la veía. Me extrañó, pero un buen anfitrión no pregunta depende de qué cosas. Y yo tenía que traducir a Madonna algunas cuestiones que le interesaban sobremanera respecto a Antonio. En ese momento de su carrera Antonio estaba a punto de despegar como un cohete, ya se había estrenado ¡Átame! en Estados Unidos y había enamorado a la crítica y a Hollywood (y a Madonna) pero esa noche de 1990 no sabía una sola palabra de inglés. Cuento esto porque un año después veo que se estrena una película, En la cama con Madonna, y que gran parte de la película está grabada en mi fiesta del Palace, el acoso a Antonio es una de las tramas importantes y naturalmente también montó cómo liquidó con una sola frase a Ana Leza. Al final de la cena Ana se atrevió a acercarse a nuestra mesa y le dijo con retintín a la rubia divina «veo que te gusta mi marido, no me extraña, les gusta a todas pero no me importa porque yo soy muy moderna». A lo que Madonna le respondió: «Get lost». (Si eres tan moderna, piérdete.)
Todo esto puede parecer frívolo y lo es, más propio de una crónica de Patty Diphusa que de una crónica del aislamiento en que vivimos. Pero la memoria es así de absurda a la hora de seleccionar recuerdos. No me importa que parezca un ajuste de cuentas, si llega a ser al revés (yo rodando a Madonna y su grupo y haciendo una película con todo ese material que después estrenaría en todo el mundo) me habría caído un palo (demanda) del que todavía no me habría recuperado. Madonna nos trató como a pardillos y algún día tenía que decirlo, ni nos pidió permiso para utilizar nuestra imagen y además a mí me dobló, porque mi inglés no debía ser tan bueno.
A lo que iba, en un momento de la cena Madonna me dijo «pregúntale a Antonio si le gusta pegar a las mujeres» (juro que fue así). Se lo traduzco. Antonio no dice nada, balbucea, y pone cara de «yo soy un caballero español y por una mujer hago lo que tenga que hacer». Para mí era un silencio y un gesto elocuente, pero Madonna quería más. Pregúntale, vuelve a decirme, si le gusta que las mujeres le peguen. Se lo traduzco, «to hit» y «women» eran dos palabras que yo ya conocía en el año 90. Antonio puso la misma expresión, lo cual no era ni sí ni no, sino que un caballero español estaba al servicio de los deseos de las damas.
Lo cuento primeramente porque fue real, y lo más divertido de la noche, pero ella no tuvo a bien montarlo. Y ha tenido que ocurrir esta pandemia para que el mundo sepa cómo fue realmente aquella cena.